Hoy por primera vez me pinté las uñas de coral. Es increíble las revelaciones que este acto, aparentemente trivial, trajo consigo.
Primero, en el metro, me senté al lado de una señora. Antes de sentarme, a primera vista – por el rabillo del ojo – me pareció normal. Pequeña, robusta, morena, desaliñada, un poco mayor. Pero, una vez a su lado, percibí algo inquietante: de la bolsa que tenía en su regazo sacaba una uva tras otra y se las iba comiendo con ansias. Odié el roce de su codo mientras subía y bajaba en ese repugnante trance de devorar uvas. Fue ahí donde tuve mi primera revelación: hubiera sido impensable que yo, con las uñas pintadas de coral, me pusiera a comer uvas como una loca. ¿Cómo se habrían visto mis diez uñas bailando como diez puntitos fosforescentes entre la bolsa y la boca? Inconcebible.
Luego tuve otra revelación. Había estado leyendo un libro como todos: de hojas amarillentas y letras negras, y me había maravillado cómo mis uñas coral lo transformaban por completo, cómo le daban un toque de color que volvía hermoso el cuadro. Después, caminando por la calle, había visto mi reflejo en las vitrinas de los comercios – de vestido holgado, de trapito al cuello, de chongo alto, de ligero maquillaje y de uñas coral – y me vi muy linda. Me dije (y esa fue la revelación): “No le daría este consejo a cualquier mujer, pero sí a las mujeres como tú: recuerda de vez en cuando la coquetería, porque es una plegaria pagana y mundana”. La revelación se apagó un poco al contraponerse con otra máxima que me vino a la cabeza cuando escuche silbidos lascivos tras de mis huesos: “A penas le subes dos rayitas a la coquetería, los hombres sacan lo peor. Si le subes dos a la coquetería, tienes que bajarle dos a la cara dulce para disuadirlos”.
Otra revelación vino cuando me crucé con un trasvesti. Era alta, delgada y muy arreglada, pero imaginé que al verme pensó, con o sin palabras: “Por más que me arregle, nunca seré como esa muchacha, que con sólo ponerse un toque coral en las uñas y en los labios, revela toda su feminidad. Como si sus genes, por un lado, y los cosméticos por el otro – ajenos entre sí bajo cualquier perspectiva, pertenecientes a reinos tan distintos – existieran en latente y callada complicidad para producir a esta mujer apenas entran en contacto por medio de su cuerpo”.
La última revelación tuvo a todas las anteriores como prerrequisitos. Fue tanto lo que viví por unas simples uñas coral, tanto lo que aprendí que no tenía nada que ver con la utilidad, el prestigio, el dinero o la responsabilidad; que la suma de sus revelaciones me forzaron a recordar ese recinto interno, ese estado de permanente hedonismo, embriaguez, recogimiento y creatividad que conocí durante tantos meses deambulando por Montreal. Me di cuenta de que en los últimos meses he vivido obsesionada y estancada por los complejos y las expectativas. Y que, tanto si he de cumplirlas algún día como si no, mi estado auténtico, natural y óptimo es ése de Montreal, y no éste de los últimos meses.
Leonard Cohen decía algo así como que, si él supiera de dónde vienen las canciones, haría más. Es cierto, pero ese lugar ignoto de fecundidad imprevisible se fecunda más si lo nutrimos de lo que nutre el alma. Y las canciones que produce son a su vez, esencialmente, alimento para el alma – ya después se verá si saldrán o no la luz, si servirán o no otro propósito adicional. Entonces, me dije, tú tienes que estar orgullosa de lo que te pasó en estos meses. De que lo intentaste pero no pudiste, de que lo probaste pero no te gustó, de que tu vida empezó tarde porque hiciste una penosa pero necesaria digresión.
Como decía, hoy por primera vez me pinté las uñas de coral, y es increíble las revelaciones que este acto, aparentemente trivial, trajo consigo.
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