jueves, 16 de diciembre de 2010

El son del mal servicio


De qué me sirve encontrarte en la calle
Si para solo soy un poste de luz.......
Parlanteeeeee

De qué me sirve encontrarte en el metro
Si para ti no soy mas que otro.........
Pasajeroooooo

De qué me sirve tenerte en mi cama
Si en la mañana dirás que no pasó........
Nadaaaaaaaaa

jueves, 9 de diciembre de 2010

It's not often that an apple
Turns towards its center sweeter

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nuevos cables de la vigilia onírica


1. ¿En qué sufrimiento estaba, antes de distraerme?

2. Quiero escribir con la cuchara.

3. Soy toda sexo y no te doy.
¿Por qué me querría ir de mi ciudad?
Yo la llamo mía y me arriesgo a que me diga
Que yo no nací aquí.
Pero yo no me quiero ir.
Quiero sentarme en este parque a llorar
Por el poder que a tres cuadras
Me jala desde casa de un amante antiguo.
O porque otro, más antiguo,
nunca quiso venir aquí conmigo
- Decías que era abusar del uso
que se le puede dar a un parque,
o algo igual de irritante -
Ay, cuadro mío de la ciudad,
que no me dices nada
Hoy me toca, deja convidarte:
Dosis de tristeza schopenhaueriana.

lunes, 8 de noviembre de 2010

'Diario paso por aquí' - es mi verso consagrado

Si algo soy es una flor de tabachín


Todos me conocen como
María, hija, la del 304,
y otros motes más rebuscados.
Pero podrían llamarme simplemente
Flor de tabachín,
y acertarían.

martes, 2 de noviembre de 2010



Extractos del libreto del sueño-vigilia:
1. "Esto no tiene ninguna necesidad de ser extraño"
2. "Cada beso era una homilía"


Somos tabachines

Ya había dicho que tenemos alma de tabachín, pero creo que me quedé corta: somos tabachines. Sólo así se puede explicar que muramos sin el sol privados de la fotosíntesis; que nos marchitemos si el viento no mueve nuestras ramas a la intemperie, o que nos gangrenemos en pocas horas si nuestras raíces no chupan los nutrientes de la tierra-asfalto.

Las evidencias son tantas que resulta ocioso ennumerarlas.

La convicción de que somos tabachines nos hace salir de nuestro departamento en el tercer o cuarto piso, dejando atrás todo vehículo – motorizado o no – para erguirnos, como podemos, sobre la cuadrícula rojiblanca, perforarla, crecer precipitadamente hasta alcanzar los cinco metros de altura, diez de ancho y tres de profundidad, y respirar por fin el aire urbano, sin juzgar ni reparar siquiera en su pureza o toxicidad: nuestras flores encendidas se acurrucan contra los muros, se funden en el cielo, caen en las banquetas.

¡Cómo queremos a Schopy!


Y lo queremos por muchos motivos, pero hoy lo pienso a partir de dos de las reglas de escritura de la escuela de Barbiana: saber a quién se escribe y escribir algo útil.

Estas reglas me parecen muy bien (tanto, que las elevaría a principios redentores de la educación mexicana) excepto para el arte. El arte tiene la prerrogativa de no seguir reglas, puesto que sólo él mismo puede determinar sus formas, sus métodos y sus fines.

El arte, dice Schopenhauer, es la aprehensión directa de las cosas en sí. No queda enganchado en la cadena de la causalidad que presenta las cosas como eslabones de los cuales hay que tirar para satisfacer necesidades.

Así que me parece justo: las reglas de escritura de Barbiana debemos seguirlas casi todos, pero no la literatura. Ya sabrá ella lo que hace.

martes, 26 de octubre de 2010

¡Hay que publicar un yogurt!

El ¡Hay que publicar un yogurt! es una categoría del psicoanálisis onírico, que alude a aquellas palabras, frases o diálogos en los sueños que provocan que nos despertemos a carcajadas incontenibles.

A esta categoría pertenece el siguiente diálogo onírico, registrado en un camión de línea, ruta D.F.-Guadalajara, alrededor de las 3 am:

A - ¿Te estás pintando la ceja?
B - ¡No manches! Yo no me pinto la ceja.
A - ¡La cabeza se esponja!
B - ¡Yo no me esfero la cabeza!

Schopenhauer dice que tanto la vigilia como el sueño son hojas del libro de nuestra vida; la única diferencia es que la primera es como leer de corrido, y el segundo, hojas sueltas y al azar.

Me recuerda un poco al sentimiento de la vida viajera: mi casa está ahí, en algún lugar, pero yo, esta noche, bien puedo llegar o no llegar. Si quiero demorarme en el baño, o si quiero dormir calientita en una cama, tengo que hacer memoria: ¿dónde estoy? ¿dónde pasaré la noche? (sobre esto último, por cierto, sólo cabe especular). Las respuestas dependerán de la página en que me encuentre, y no parece tener nada que ver con la secuencia lineal de los libros.

¿Saben si Cortázar era schopenhaueriano?

lunes, 11 de octubre de 2010

Rosacruz, Rosamorada





Me enseñaste la humildad
Rosacruz, Rosamorada
O más precisamente
quedé bien humillada

Tabachines

En estos cuadros de la ciudad sabemos de tabachines. No nos damos cuenta, pero ellos son los que nos dan patria.

Las flores del tabachín se encuentran pisadas contra la banqueta rojiblanca, flotando en los charcos negros del pavimento, cubriendo los techos de los coches, acumuladas en las esquinas entre jacarandas y buganvilias.

No nos damos cuenta, pero en estos barrios tenemos alma de tabachín, y todo lo que hacemos es de tabachín.

Lo que el gato hace de mí


Es curioso lo que su gato puede hacer de una. Él quiere salir del cuarto: es obvio que escuchó algo interesante afuera. Se acerca a la puerta, me mira, y sabe que sé que espera que le abra. Yo no me cuestiono si le abriré o no, o si me da pereza pararme de la cama. Simplemente respondo a su deseo: soy una pieza del universo que él comanda en silencio.

martes, 29 de junio de 2010

Respuesta de Mar Estrada a Ricardo Becerra

Estimado Ricardo Becerra. Gracias por contestar a mis objeciones en el sentido de que la propuesta del IETD no tomaba en cuenta el papel de los ciudadanos; y de que otro formato de interacción entre los partidos no mejoraría su legitimidad ni su representatividad. Por un lado, usted rechazó que entre ciudadanos y políticos existiera la oposición que justificara mi postura (incluso juzgó que la mía era la de políticos disfrazados de ciudadanos que alcanzaron notoriedad gracias a poderes fácticos); y por otro lado sentó que, ante el peligro de que los poderes fácticos usurparan eventuales mecanismos de participación ciudadana, era preferible apostar por una mejor mediación de los partidos existentes. Para seguir alegando, tomo en cuenta todo lo que dice, y tomo también en cuenta, con mayor cuidado y consideración de conjunto, su “Equidad y parlamentarismo”.

Lo primero en mi argumentación es hacer un reconocimiento al papel tan central que dan a la equidad en el “debate de una época”. Ponen la injusticia y la exclusión en perspectiva histórica, demográfica y económica, y hacen patente que la equidad material, además de ser una reivindicación básica en sí misma, es condición tanto de la democracia como del crecimiento económico. Aprecio que confronten dogmas políticos y económicos neoliberales evidenciando que no es la “ingobernabilidad” del pluralismo, ni la falta de “reformas estructurales” lo que ha propiciado el estancamiento.

Sin embargo, en su denuncia de las malas políticas económicas, no enlazan con el aspecto político de ellas, y se sorprenden de que pluralidad política y la democracia “avancen” mientras el bienestar económico se estanque; con lo cual simplemente recomiendan un cambio de política económica. Pero ustedes mismos dicen que “el mayor problema de nuestra democracia es el mal gobierno. Y el mal gobierno no es sólo consecuencia de la mayor o menor incompetencia o carisma de los gobernantes, sino del modo o la lógica patrimonial con la que funcionan las instituciones públicas, es decir, de la naturaleza, fortaleza y legitimidad del Estado”. En efecto, lo realmente malo del gobierno es que en gran medida permite, privilegia o participa de los poderes fácticos y oligarquías sectoriales y locales, de las que ustedes mismos hablan.

Suscribo que no sea el pluralismo el culpable de esto. Pero tampoco es la culpable una ideología neoliberal bienintencionada que vaya a revertirse desde el poder a partir de argumentos y evidencias. Quisiera entonces invitarlos a repensar su reprobación al rechazo generalizado a la clase política – prometo que mi tónica no será maquiavélica ni nihilista, sino constructiva.

Ustedes deploran que “los recurrentes desencuentros de la así llama¬da “clase política”, la exposición que ha¬cen de ella los medios de comunicación, y la ausencia de espacios para una auténtica deliberación y una discusión ilustrada, nos conducen a una sociedad de estereotipos, en donde la imagen de la política y los políticos se desprecia y devalúa franca y consistentemente.”

Les pido conceder que la “auténtica deliberación” y la “opinión ilustrada” no proviene sólo de “periodistas, académicos, intelectuales, funcionarios, políticos activos o ya no tanto”, que por añadidura son cercanos a las instituciones. Les pido conceder que actores como ustedes no detentan más que una perspectiva de una verdad que sólo puede complementarse intersubjetivamente. Sólo puede complementarse con lo que piensen otros sectores de la academia; grupos de toda índole con reivindicaciones políticas; y sobre todo, gente común, que no participa del poder, que es receptora de políticas públicas, blanco de campañas políticas, testigo del papel público de la clase política, cotidiana y directamente en los nivele más cercanos, y a través de o que se hace del conocimiento público, en los niveles más altos. ¿Sostendrían que el rechazo generalizado y que la opinión de que la detención del poder no es legítima, carecen de razones suficientes?

Hoy hay relevos de gobernantes mediante elecciones, pero son pocos los que piensan que los partidos cumplan la función “de organizar a la diversidad de las tendencias políticas existentes en auténticos organismos permanentes, capaces de repre¬sentar en forma cotidiana proyectos, progra¬mas y opciones estratégicas, apoyadas por grupos y sectores específicos de interés y, al mismo tiempo, de reformar las leyes que hoy favorecen o acentúan los rasgos autoritarios”. La diversidad del país no se expresa en tres corrientes fundamentales (PRI, PAN y PRD), como dicen ustedes. Y definitivamente no es un 90% de los ciudadanos el que opta por estos partidos, como usted afirma en su artículo del 10 de junio. Únicamente vota alrededor de la mitad del padrón, y a eso hay que restar los votos anulados intencionalmente. Sólo sobre ese resultante podría aplicarse el 90% que menciona. Y entre quienes votan por los tres partidos principales, ¿cuántos optan en positivo; y cuántos muy a su pesar, votan por uno por considerar prioritario impedir que llegue otro al poder? Los ciudadanos que no votan por los partidos no los consideran legítimos aspirantes a representarlos; o no creen que varíen entre sí sustancialmente; o bien no les adjudican capacidad o voluntad de incidir en lo esencial (o todo ello junto). ¿Creen que la opinión más generalizada yerra al juzgar que los políticos, en proporción considerable, no usan su poder para vehicular los intereses de la mayoría, sino que lo usan dolosamente, para otros fines?

A pesar de descalificar el rechazo a la clase política, en ciertos momentos de su documento es patente que ustedes comparten el diagnóstico de la falta de legitimidad en toda su profundidad. Sin embargo, los problemas a los que se dirige su propuesta de parlamentarismo, son, en comparación, de orden superficial: acusan al pluralismo realmente existente “por su falta de aliento, por la ausencia de ideas relevantes, por su reiterada incapacidad para la deliberación genuina e ilustrada, por lo que tiene de excluyente de otras expresiones, por el narcisismo de los partidos, por la creencia de que el control de los aparatos burocráticos arroja impunidad, por su ceguera o por su propensión a la discusión irrelevante”. Este escenario lamentable, sin duda, pero es sólo una parte visible de una estructura de poder ampliamente pervertida. Las “fórmulas”, la ingeniería institucional, las consideraciones sobre las coaliciones y las elecciones… todo esto que ustedes abordan en su propuesta de parlamentarismo, quizás ayude a gestionar una parte del problema – ustedes conocen de cerca las dinámicas de los políticos y no dudo de que hablen con conocimiento de causa – pero me cuesta ver de qué manera se tocaría lo esencial.

En este contexto, desde mi perspectiva, las reivindicaciones de participación ciudadana tienen un triple sentido: 1. la estructura de poder, dejada a sus mismos participantes, no se cambiará a sí misma. 2. es intolerable formar parte pasiva de esta realidad política 3. La aspiración a la democracia es en el sentido de que los ciudadanos determinen el rumbo de su sociedad según sus intereses y aspiraciones. Ustedes dicen que el objeto de los movimientos ciudadanos “consiste en tratar de denunciar y llamar la atención sobre situaciones específicas más que en congregar grupos estables o representar proyectos concretos (la función de los partidos por antonomasia). No buscan el poder, sino influenciar en sus decisiones.” Quizás ése sería el caso si tuviéramos una democracia legítima, representativa y funcional. En nuestra situación, muchos ciudadanos sí buscamos una restitución del poder, pero no a grupos acotados ni por cuestiones puntuales, sino a sectores mayoritarios y para los asuntos más fundamentales.

Usted dice que sí hay muchos vasos comunicantes entre ciudadanos y políticos. Celebro los que existan y no sean mero “atole con el dedo”. Probablemente sea difícil determinar la cantidad y calidad de estos vasos. Pero lo que sí me parece fácil de suscribir es que no constituyen mecanismos vinculantes para vehicular las aspiraciones legítimas de la ciudadanía, ni para que estas aspiraciones conformen el espíritu de la toma de decisiones, operación y control de la función pública. Resulta sofocante y desesperanzador pensar que debamos confiar en que los partidos serán la “mediación institucional” necesaria para que esto ocurra. Por eso, en nuestro contexto, la reivindicación de los mecanismos de participación ciudadana es uno de los caminos – uno de modificaciones a las instituciones existentes – que grupos de ciudadanos están tomando. Son necesarias algunas leyes que abran grietas vinculantes en el sistema, por donde se cuele la soberanía directamente desde su fuente.

Así interpreto el espíritu con el que se aspira a mecanismos de democracia directa. El diseño de tales mecanismos representa, por supuesto, enormes retos: ¿cuáles y cómo permitirían la toma de decisiones emanadas de los intereses legítimos de sectores mayoritarios; dejando fuera las surgidas de intereses económicos privados, criminales o políticos individuales? No desdeño la dificultad y el riesgo que entrañan estos mecanismos, pero privarnos de pensar en el referéndum por miedo a que Televisa promueva uno, es permitir que los poderes fácticos amaguen hasta nuestra imaginación y nuestras expectativas políticas. Usted no cree en la categoría de “lo ciudadano”, pero creo que es útil en estos casos: es ciudadano el que responde a los intereses de simple habitante, derechohabiente, participante cualquiera de una comunidad – que no detenta poderes institucionales o de facto – que aspira al bienestar de la misma y al suyo propio, sin malas intenciones, sin pretensiones desleales, criminales o acaparadoras de poder o de riqueza. Pensemos en diseños de mecanismos de participación efectivamente ciudadanos.

Por supuesto, los intereses ciudadanos no son unívocos, sino plurales y diversos, como ustedes bien enfatizan; y no existe ninguna instancia capaz de determinar su racionalidad, su legitimidad o su jerarquía. La construcción de la democracia, entonces, se juega en buena medida en algo que ustedes, como yo, juzgan necesario: “Un nuevo contexto para la deliberación. A la sociedad mexicana le hacen falta espacios de encuentro, cotejo y deliberación de ideas (…) Sostenemos que la práctica de escuchar los puntos de vista opuestos es esencial para la ciudadanía digna de ese nombre y para cualquier proyecto serio de educación cívica”.

Sin embargo, difiero con ustedes en algunos aspectos de cómo tendría que ser esta deliberación. Creo que tendría que ser una deliberación crítica con respecto a la pretendida horizontalidad de la palabra y las ideas. Esto implicaría por un lado, revertir la actitud aparentemente neutral de descalificar como “inauténticas” o “no ilustradas” las opiniones de otros. Por otra parte, creo que sí es importante distinguir y tomar en cuenta si los interlocutores son gobernantes, ciudadanos comunes u otros, pues sus intenciones y su posición en la estructura de poder varían, con lo cual varía también el sentido fáctico de los argumentos intercambiados. Por eso pienso que las deliberaciones ciudadanas, en las que se confronten diversas perspectivas de diversos sectores y se expliciten las intenciones y las relaciones de poder, tienen un valor político específico, puesto que en ellas pueden explorarse maneras de hacer prevalecer la soberanía de la ciudadanía en las condiciones existentes.

Se me ocurre otra contribución muy interesante que ustedes, desde su perspectiva como grupo cercano a las instituciones, podría aportar a otros que, desde la nuestra, no alcanzamos a ver. Podrían exponernos los matices que consideran necesario hacer en la valoración de las instituciones y la clase política: ¿qué personas, qué grupos, qué instancias son dignas de confianza, y específicamente en qué sentido? ¿Qué arreglos y mecanismos institucionales están sirviendo para contrarrestar los poderes fácticos, o están favoreciendo la justicia, la democracia y la equidad? Estos serían elementos muy útiles para dar claridad a las deliberaciones y activaciones ciudadanas.

Encantada de seguir alegando.

jueves, 24 de junio de 2010

Respuesta de Ricardo Becerra

Este es un típico asunto de anteojeras: o sea, de esos instrumentos que te hacen encuadrar la realidad.


Mar, ve un océano “allá afuera” de ciudadanos; adentro, los políticos, el Estado, y nosotros no más hablando a los que están en el interior de la cápsula insular.


Pero nosotros no vemos esa diferencia, sino muchísimos vasos comunicantes entre la clase política y los ciudadanos, es más, los políticos también son ciudadanos.


¿Ves la diferencia de encuadre? Los movimientos analistas, como seguramente es lo que Mar tiene en mente cuando nos pide voltear a ver, son de políticos muy avezados que se disfrazaron de “ciudadanos” y que alcanzaron rápida visibilidad porque fueron inmediatamente apoyados por los poderes fácticos. Puedo decir nombres pero no se trata de personalizar sino de insistir que esa diferencia analítica (“hablar a los ciudadanos”) no existe en nuestro caso: le hablamos a todos en el entendido que el debate sobre la desigualdad y el régimen político nos incumbe por igual a todos, desde el Presidente hasta los mazehuales de Jurídicas.


No nos gustan los “mecanismos de democracia directa” y de supuesta “participación ciudadana” porque son los instrumentos favoritos de los poderes fácticos. ¿te imaginas un referéndum apoyado por Televisa? Por eso la mediación de los partidos, con todos sus defectos es preferible, porque tiene que pasar por el escalpelo de los poderes constitucionales, los que elegimos y se renuevan por el voto.

Y no ignoramos la crítica a la clase política ni al pluralismo realmente existente. Al contrario: hay páginas enteras del texto dedicadas a eso. Pero como no creemos que podamos echar al mar ni al PRI, ni al PAN ni al PRD, entonces la pregunta es qué hacer con este pluralismo, como hacerlo productivo en sus dos funciones (gobernar al país y expresar sus intereses y puntos de vista) nuestra respuesta es cambiándoles por completo el encuadre y el formato sobre el cuál trabajan. Poniendo al acuerdo como condición del gobierno y no al gobierno y luego vemos si acordamos.

Esa es a mi modo de ver la tesis política central del documento

Hay que seguir alegando…

ricbec

miércoles, 9 de junio de 2010

¿Qué pinta la ciudadanía en el “debate de una época”?

Leí con avidez el documento “Equidad social y parlamentarismo: Argumentos para el debate de una época” que el Instituto de Estudios para la Transición Democrática acaba de publicar (al final anexo resumen). Celebro que un actor como el IETD introduzca claridad y nuevas ideas al debate sobre la democracia en México. Me parece que no podría estorbar que el gobierno tomara en cuenta sus dos propuestas. Sin embargo, sus planteamientos me han suscitado dos objeciones:
1. Una característica del documento es que tiene al gobierno como interlocutor. No sólo porque sus dos propuestas van dirigidas al gobierno, sino que en todas sus consideraciones, la referencia y la importancia dada al papel pasado, presente o futuro de actores diferentes al gobierno – en especial, los ciudadanos – es casi nula. Los autores advierten que éste será su enfoque, y en teoría no se les podría reclamar. Sin embargo, la elección de interlocutor va ligada a cuestiones más profundas que quisiera argumentar.

2. Mi otra gran objeción es que la pluralidad política que dicen se ha alcanzado con la “transición democrática”; así como la pluralidad política que proponen gestionar mediante el parlamentarismo, es básicamente la pluralidad de los partidos existentes.
Puesto que coincidimos en tener a la democracia como objetivo, no echo en saco roto la petición implicada en el texto: se pide reconocer los avances en materia de democracia. Trataré de tener esto en mente, pues no quiero obstaculizar un ánimo de mejora.
El IETD diagnostica que “la política es vista por la gran mayoría de los mexicanos como un espacio ajeno y hasta opuesto a sus intereses”, y dedica varias páginas a analizar la falta de cultura democrática y de esperanza en la democracia por parte de los mexicanos. Ante esto, su propuesta es que el Estado, por un lado, produzca ciudadanía a través de la promoción de la equidad material y la garantía de derechos; y por otro lado, que recupere fuerza y legitimidad mediante el parlamentarismo.
Me parece que sus propuestas obvian la magnitud y las razones profundas del descontento. Se habla como si los partidos fueran entidades políticas cuyo principal móvil fuera, en efecto, la justa y eficiente representación popular y gestión de lo público. Como si los partidos respondieran a ideologías democráticamente coherentes, o como si representaran a sectores significativos de la población. Se habla como si múltiples instancias y niveles de gobierno que resultan de la partidocracia, no fueran agraviantes directas y recurrentes, en mil materias distintas, por todo el país. El documento insiste en la pluralidad de la sociedad, pero no se dice que los partidos no son ni de lejos el reflejo de esta pluralidad. No se dice que, si carecen de la legitimidad más básica, es por su actuación no sólo ineficiente, no sólo no representativa, sino, tantas veces, dolosa.
Al no cuestionar a la clase política misma, proponen un mecanismo diferente – favorecedor de la conversación, los acuerdos y las coaliciones entre partidos – para que gobiernen los mismos, y estiman que con esto se consolidaría la democracia. Pero en realidad se estarían dejando intocadas la representatividad y la legitimidad. La representatividad exigiría que los representantes efectivamente vehicularan las aspiraciones de las mayorías. La legitimidad del Estado exigiría que se verificaran justicias y empoderamientos ciudadanos, según sus propias lógicas y contenidos, que van más allá de la equidad y del bienestar material. El fortalecimiento del Estado frente a los poderes fácticos, que también mencionan, probablemente se vería favorecido por el parlamentarismo, pero no de forma significativa si los políticos responden a intereses diferentes a los de sus representados.
El IETD debate contra la idea de un gobierno “homogéneo y monocolor” reivindicado por “diagnósticos sesgados por el interés político, la simpleza analítica o la desmemoria histórica”. No puedo más que apoyarlos en esta controversia. Pero si tomaran también como interlocutoras algunas recientes manifestaciones ciudadanas, tomarían en cuenta que la desconfianza, el repudio y el deslinde de la ciudadanía para con los políticos va más allá de su ineficacia.
Esto me lleva de regreso a mi primera objeción: la falta de reconocimiento del papel de la ciudadanía en la construcción de la democracia. A lo largo de todo el documento es patente, de forma tácita, la postura del IETD, que explicitan así: “Como lo prueba toda la experiencia histórica y a pesar de las leyendas antiestatistas en curso, sólo un Estado fuerte, eficaz y eficiente crea las condiciones de una sociedad civil fuerte, exigente y organizada”. Sólo mencionan de pasada que los mecanismos de vigilancia permanente del pueblo sobre las instituciones son “una sombra consustancial y necesaria que acompaña el hacer de las instituciones”, y no un “elemento ajeno al universo democrático”. La omisión del papel de la ciudadanía es especialmente evidente en la parte del texto en que celebran que en las últimas iniciativas legislativas se estuviera discutiendo por primera vez “acerca de la forma de gobierno” (reforma política): ¡Ni siquiera mencionan el tema de los mecanismos de participación ciudadana, a pesar de ser parte significativa de las iniciativas discutidas! Los ciudadanos tampoco aparecemos en su propuesta de parlamentarismo, más que, quizás, cuando se le exalta que éste “trasciende las resistencias en contra de la llegada de partidos, personajes, organizaciones o idearios a la contienda y los asimila como parte natural de su propia naturaleza y operación plural”.
Pero, se le reconozca o no desde otros ámbitos, la ciudadanía tiene que encontrar el modo de apropiarse el “debate de una época” e idear maneras de tomar las riendas de lo público - resulta agrio pero ilustrativo pensar que, aunque nos convenzan las políticas para la equidad y el parlamentarismo que propone el IETD, hoy por hoy, no tenemos ninguna incidencia en que se adopten, ni se nos está invitando a ello. Puesto que han dejado claro que este documento se limita sólo a dos propuestas, y dos propuestas para el gobierno existente, dejaré de lado todas las otras formas posibles de incidencia por parte del pueblo. Sólo diré que desde, desde una óptica de la ciudadanía común, que no participa del poder, pero constata y padece su funcionamiento; las modificaciones no radicales a la forma del gobierno actual – sean éstos nuevos mecanismos de participación ciudadana, u otras reformas políticas que no modifican sustancialmente la estructura de poder – tienen sentido y son necesarias en cuanto poseen el potencial de funcionar como cuñas, respiraderos, suero intravenoso que inyecte justicia, representatividad e incidencia ciudadana; que enderecen en algo la relación de soberanía establecida en el artículo 39, que, hoy por hoy, es una fábula.
Sólo me saldré del terreno de discusión de “Equidad social y parlamentarismo” con un comentario final. El año pasado, algunos – incluyendo varios miembros del IETD – condenaron al voto nulo por apostarle al pesimismo y a la destrucción, en lugar de la consolidación de las instituciones democráticas. Asimismo, en el documento que acaban de presentar, denuncian el nihilismo y la falta de fe en la democracia. Antidemocrática me hubiera parecido la resignación al voto pragmático por partidos que se detestan, desechando así la posibilidad de ejercer un acto político comunicativo. Pesimista me hubiera parecido el desinterés y falta de participación en los asuntos partidistas y electorales. Lejos de eso, el movimiento del voto nulo se preocupó por generar contenidos críticos y propositivos, y con ellos hablarle a la ciudadanía… ¡y hasta a los mismos políticos, manifestándoles, con la anulación, la reprobación en la función social que deberían cumplir, en lugar de desentenderse de ellos! Esta expresión no fue de pesimismo, sino de reivindicación de una verdadera democracia; reivindicación que, a mi modo de ver, no se verificará sin nuestra activación, aunque (y porque) no está prevista por el sistema actual. ¿Quizás el IETD pueda ayudarnos a pensar ahora en esta línea?
ALGUNOS PUNTOS CENTRALES DE “Equidad social y parlamentarismo”:
Se hace un recuento e interpretación de la “transición a la democracia”: hoy hay pluralismo en el gobierno, sin embargo, esto no se refleja en avances en economía ni en mayor igualdad.
“La democracia mexicana se encuentra estancada. La desigualdad social crece y escinde cada vez más al país. La sociedad está desmoralizada, atemorizada y desconfiada. La clase política, ensimismada en rencillas de cortísimo plazo, deambula en la incertidumbre, más preocupada en su próxima cita electoral que en los problemas esenciales del país. Y la política es vista por la gran mayoría de los mexicanos, como un espacio ajeno y hasta opuesto a sus intereses”.
De sus diagnósticos derivan dos propuestas:
Equidad: políticas económicas, fiscales y sociales explícitamente contra la desigualdad. Ven esto como condición de una verdadera democracia, y ven la distribución como condición previa del crecimiento (En contra de dogmas neoliberales; y en contra de postergar estas políticas esperando a la abundancia o a las “reformas estructurales”).
Parlamentarismo: un sistema de gobierno donde la pluralidad y los acuerdos en su seno, sean los mecanismos de su legitimidad, de su eficiencia y del logro de proyectos de nación de largo plazo. Un sistema donde la elección y funcionamiento del legislativo y el ejecutivo no estén divorciados (Contra las idea de que la pluralidad estanca al gobierno y que por tanto se necesitan bloques, mayorías fuertes para gobernar).