Ya había dicho que tenemos alma de tabachín, pero creo que me quedé corta: somos tabachines. Sólo así se puede explicar que muramos sin el sol privados de la fotosíntesis; que nos marchitemos si el viento no mueve nuestras ramas a la intemperie, o que nos gangrenemos en pocas horas si nuestras raíces no chupan los nutrientes de la tierra-asfalto.
Las evidencias son tantas que resulta ocioso ennumerarlas.
La convicción de que somos tabachines nos hace salir de nuestro departamento en el tercer o cuarto piso, dejando atrás todo vehículo – motorizado o no – para erguirnos, como podemos, sobre la cuadrícula rojiblanca, perforarla, crecer precipitadamente hasta alcanzar los cinco metros de altura, diez de ancho y tres de profundidad, y respirar por fin el aire urbano, sin juzgar ni reparar siquiera en su pureza o toxicidad: nuestras flores encendidas se acurrucan contra los muros, se funden en el cielo, caen en las banquetas.
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