lunes, 8 de noviembre de 2010

'Diario paso por aquí' - es mi verso consagrado

Si algo soy es una flor de tabachín


Todos me conocen como
María, hija, la del 304,
y otros motes más rebuscados.
Pero podrían llamarme simplemente
Flor de tabachín,
y acertarían.

martes, 2 de noviembre de 2010



Extractos del libreto del sueño-vigilia:
1. "Esto no tiene ninguna necesidad de ser extraño"
2. "Cada beso era una homilía"


Somos tabachines

Ya había dicho que tenemos alma de tabachín, pero creo que me quedé corta: somos tabachines. Sólo así se puede explicar que muramos sin el sol privados de la fotosíntesis; que nos marchitemos si el viento no mueve nuestras ramas a la intemperie, o que nos gangrenemos en pocas horas si nuestras raíces no chupan los nutrientes de la tierra-asfalto.

Las evidencias son tantas que resulta ocioso ennumerarlas.

La convicción de que somos tabachines nos hace salir de nuestro departamento en el tercer o cuarto piso, dejando atrás todo vehículo – motorizado o no – para erguirnos, como podemos, sobre la cuadrícula rojiblanca, perforarla, crecer precipitadamente hasta alcanzar los cinco metros de altura, diez de ancho y tres de profundidad, y respirar por fin el aire urbano, sin juzgar ni reparar siquiera en su pureza o toxicidad: nuestras flores encendidas se acurrucan contra los muros, se funden en el cielo, caen en las banquetas.

¡Cómo queremos a Schopy!


Y lo queremos por muchos motivos, pero hoy lo pienso a partir de dos de las reglas de escritura de la escuela de Barbiana: saber a quién se escribe y escribir algo útil.

Estas reglas me parecen muy bien (tanto, que las elevaría a principios redentores de la educación mexicana) excepto para el arte. El arte tiene la prerrogativa de no seguir reglas, puesto que sólo él mismo puede determinar sus formas, sus métodos y sus fines.

El arte, dice Schopenhauer, es la aprehensión directa de las cosas en sí. No queda enganchado en la cadena de la causalidad que presenta las cosas como eslabones de los cuales hay que tirar para satisfacer necesidades.

Así que me parece justo: las reglas de escritura de Barbiana debemos seguirlas casi todos, pero no la literatura. Ya sabrá ella lo que hace.