Acabo de pasar muchos días navegando por el Caribe. Es lindo el mar, pero el hecho de que me haya llevado tan mal con él - a días de estar en tierra firme sigo mareada - me hace preguntarme por qué demonios me llamo así.
Hoy abro sin razón precisa Los barcos de la libertad. Diarios de viaje, compilación que hace el Colegio de México de los periódicos de a bordo del Sinaía, el Ipanema y el Mexique, barcos que en 1939 llevaron a los exiliadios republicanos españoles rumbo a su nuevo hogar mexicano.
En el primer párrafo de la presentación, de Fernando Serrano Migallón, me entero:
"Refiriéndose a la enormidad y significado del océano, José Gorostiza dijo: "A veces me dan ganas de llorar, pero las suple el mar". El océano, como camino y como cuna de mitos y culturas, ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de todos los pueblos; una fuente casi instintiva de reflexión y un espacio para la partida, el éxodo y el encuentro. Tanto para México como para España, el mar ha sido una frontera y un puente; si la distancia separa los continentes y genera una rica diversidad en la vida cotidiana y en la forma de ver el mundo, la comunicación, en cambio, ha creado un espacio común para la convivencia, la reflexión y la acción colectiva. Camino accidentado cruzado miles de veces, por donde han transcurrido el idioma, la grandeza y los errores de una cultura que cuenta entre sus características la búsqueda incesante de la libertad y la dignidad"
lunes, 3 de enero de 2011
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